viernes, 9 de febrero de 2018

La dama de Centum Cellae: una comedia romántica con mucha tensión sexual


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¡Siéntese! Su voz hace que caiga de golpe sobre la silla y suelte mi bolso; que no estaba cerrado, provocando así, que todo su contenido caiga desparramado por el suelo; bajo a mesa.
Comienzo a recoger todas mis cosas de forma apresurada, poniéndome a cuatro patas bajo la mesa.
Para mi consternación, la funda donde llevo mis tampones ha caído a sus pies; tengo que gatear por debajo de la mesa para poderlos recuperar. Para colmo de males, cuando mi mano está a punto de alcanzarlos, asoma su cabeza por debajo de la mesa; encontrándose mis ojos con su azulada mirada.
En una décima de segundo, sus ojos, bajan desde los míos hasta el nacimiento de mis pechos. Aterrada, inclino la cabeza para comprobar que no puede ver nada, me equivoco. Desde su posición, tiene una magnífica visión de mis senos.
Recojo la dichosa funda, me doy la vuelta, y gateo para emerger de nuevo a la superficie; poniéndome en pie.
¡No es necesario seguir con esto! exclamo mostrándome engreída. Guardo el portafolio de nuevo y cierro con más efusividad de la debida mi bolso. Me mira confundido—. Imagino que no le dará a su jefe buenas referencias sobre mí. Así que mejor no le hago perder más su tiempo; ni yo el mío.
¿Mi jefe? Atisbo una sonrisa en su rostro serio; incluso parece mostrarse algo contrariado.
¡Sí! ¡Su jefe! Abro mucho los ojos. Este hombre es más idiota de lo que suponía. Parece que quiere decirme algo, pero le interrumpo plantando la palma de mi mano frente a él—. Evidentemente, yo era la última persona que esperaba ver por aquí, así que mejor me voy.
Me giro dándole la espalda, pero cuando estoy a punto de girar el pomo de la puerta me interrumpe.
¡Señorita Alfaro tome asiento, por favor! No tengo toda la mañana. –Me giro tras escuchar mi apellido emerger entre sus labios. Sigue sentado, leyendo atentamente algo. Claro, tiene que ser mi currículum, desde donde estoy no alcanzo a ver lo que es.
Inmediatamente, y en contra de mi voluntad, mis piernas me llevan de nuevo junto a la silla; me siento sin dejar de mirarle en ningún momento. Vuelvo a apoyar el bolso en el suelo. En ningún momento ha alzado el rostro para mirarme.
Me quedo quieta mientras apoyo mis antebrazos en la mesa, junto las yemas de mis dedos golpeando unas con otras; demostrando así mi nerviosismo.

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